¿Quién decide que nos representa?
La colonización del criterio de valor.
Quizás la primera vez que quise hablar de esto fue defendiendo una canción. Me encontré atrapada enumerando lo épico que acaba de hacer Rawayana, la banda venezolana que mezcla todas las influencias caribeñas como quiere, y que levantaba polémica por su canción Veneka.
Quería escribir porque mientras yo celebraba su single, la mitad de las personas que conocía lo criticaban. Es ordinaria, por grosera, no me representa, esos eran los argumentos. Y, aunque al igual que muchos no ando gritando “culo, playa, Mérida Canaima”, mi alegría era por poder brincar y bailar con una palabra que se dice para herirnos; “veneka” estaba dejando de tener un tinte xenofóbico para ser solo un himno que celebra un pedacito de nuestra identidad.
La cosa es que esto lo escribo ahora, casi dos años después de ese lanzamiento. Después de un nuevo disco de la misma banda, si me preguntan, otro album lleno de hitazos y de reivindicación. Y… después del Super Bowl de Benito.
Nunca había celebrado tanto ser latina.
Y nunca había visto tanto rechazo a latinos, por latinos.
¿Quien decide qué nos identifica?
La identidad no nace desde un ideal de pureza.
Nace del caos que nos representa.
A veces ese caos se empieza a ordenar en los márgenes de la sociedad, como una forma de reclamar independencia ante eso que se siente como opresor.
Y mientras pasa el tiempo, es fácil pensar lo contrario; que los que dominan definen que nos representa.
Viviendo en Argentina, aprendes a ver su identidad regada por todos lados.
En las escarapelas que se abrochan en la ropa para conmemorar sus fechas patrias.
En las remeras con la bandera que se usan porque sí; porque es bella y les gusta.
En el sol estampado en cuadernos, stickers o mates.
En canciones que se cantan a todo pulmón para celebrar la ilusión, o la victoria, de un mundial.
Hay una idea bastante clara de “esto nos identifica”.
No se siente solemne, parece cotidiana y es precisamente eso lo asombroso. Sobre todo viniendo de un país donde la identidad se volvió un terreno incómodo, cargado de partido político.
La bandera tiene una estrella más si eres Chavista y las 7 estrellas de siempre si no lo eres, hasta el nombre del país está sellado por los 25 años de dictadura.
Pero incluso, un país como con tanta pasión por lo que los identifica, puede tener en su historia rechazo por lo que hoy se dice con orgullo que los representa.
El tango, el baile argentino por excelencia, nació en puertos, conventillos y espacios atravesados por la inmigración y la pobreza. Razón suficiente para que se lo considerase vulgar, indecente, y muy alejado de la imagen que la élite aprobaba.
El tango tuvo que salir del país.
Y, gracias al reconocimiento europeo, pudo volver convertido en orgullo.
Ese patrón se repite una y otra vez en diferentes culturas; con la salsa cubana, con el jazz. Tratar lo que nace en los márgenes como ruido, exceso, algo básico o primitivo; esa es la excusa más usada por los colonos para que lo que es diferente a ellos sea percibido como negativo.
La colonización no solo involucra el territorio que fue robado, también incluye la colonización del criterio de valor.
Lo de afuera es refinado.
Es moderno.
Es de buen gusto.
Es mejor.
Y es para agradecer toda la “cultura y conocimiento que trajeron a nuestras tierras”. Poco a poco se va borrando nuestro lenguaje, tonada, expresiones, y parte de nuestra historia.
Y quizás hay algo tan instintivo en querer ser parecidos a los que nos colonizaron; que nos convertimos en los primeros en rechazar quienes somos de verdad.
No diciendo “me da vergüenza ser latino”, sino diciendo “eso no me representa”.
Ser latino es escandaloso en un mundo que premia la discreción y sometimiento.
Es hablar fuerte.
Es usar ropa colorida.
Es gesticular.
Es mezclar dolor y fiesta.
Es ocupar espacio.
Eso es lo que incomoda.
En un momento histórico donde el mensaje implícito en Estados Unidos es:
asimílate, compórtate, no hagas ruido, que nadie note tu acento o te expulsan,
aparece Bad Bunny recordando su herencia, sus raíces, sus referencias, su historia.
Esa visibilidad rompe el pacto silencioso del “no hagas escándalo”.
Cuando alguien dice que Rawayana hace música básica, marginal o poco sofisticada, no está haciendo solo una crítica musical, está marcando una frontera. Un ellos y un nosotros.
Como si lo popular fuese algo que hay que superar.
Como si el problema fuese el lenguaje, las groserías o el ritmo.
Pero esas expresiones son nuestras.
Y no, no necesitas usar el lenguaje en tu día a día para poder reconocer que tu país está en esas letras. No es una versión idealizada, es una versión real.
Con contradicciones.
Con ruido.
Y , cuando el Estado secuestró nuestros símbolos, relatos e iconografía, tener una identidad que esté libre de eso es hermoso.
Llenamos ese vacío con una identidad lateral. Migrante. No oficial.
La inventamos en la música, en el lenguaje, en los códigos compartidos lejos del territorio. Como pasó con el tango, la salsa o el jazz.
Nuestra identidad surge en esa comunidad que imaginamos juntos sin saber que la estábamos imaginando. No nos reunimos a elegir los signos que nos representan, son residuales. Son un gesto que reconocemos y se repite por inercia.
Porque es imposible dejar de ser de un lugar solo porque no quieres ser lo que ese lugar dice que es, solo por vergüenza.
Así que.. ¿dónde están las mujeres venekas que son las boletas??



